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El Carolo: Una persona violentada por una sociedad ignorante de los derechos de las minorías sexuales

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Leí un texto de El Borrador sobre el travesti del barrio y fue imposible no acordarme de El Carolo. Mi travesti.
Mi primer encuentro con la ruptura fue con esta loca, sin cuestionarlo, mi infancia la pasé viendo cómo deambulaba en el barrio, cigarrillo en mano y con su voz pastosa gritando una que otra palabrería. Esta cola fue mi primer avistamiento, no lo entendía pero quería entenderlo.

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Miraba su ropa de feria, su forma de andar, su pelo sucio y sus dientes amarillos. El maquillaje corrido. La cartera destruida. A veces ebria, y en otras desaparecía.

Se escabullía en la casa de los vecinos para usar el baño porque no tenía hogar y le gritaba a las personas que le lanzaban una mirada penetrante de desagrado. A mí, a mí me sonreía, me hablaba y yo sólo miraba, perpleja y con mil ideas que más adelante me harían sentido.

Un día no la vi más. No escuchaba su voz gritona a la lejos mientras jugaba a la pelota contra la pared ni la veía cojeando por la vereda de al frente.

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Y fue porque lo mataron. Sin sorpresa mi papá me dijo que lo habían asesinado. Con normalidad, porque la muerte del travesti es así. Algo que sucede, pero que se ve de lejos. De lejos como las miradas de desaprobación y de rechazo.

Mataron a este maricón del barrio franklin, mataron al primer travesti que conocí. Se cuentan mil historias, que lo encontraron tirado debajo de un puente, que murió en la calle, que su cuerpo se vio en el Zanjón de la Aguada. Cual sea la verdadera, todas remontan a lo mismo; mataron al maricón del barrio.

Lo encontraron violentado, abusado y despojado. Mutilado, golpeado, torturado. Por gay, por travesti, por ser. Por la voz ronca forzada, por la falda larga que le colgaba. Le quitaron todo lo que pudieron: la ropa, la dignidad, su vida. Pero no pudieron llevarse algo. Ser maricón.

Porque serlo no es un insulto, sino un posicionamiento político. El gay se queda, se apodera, escribe historia. En el barrio, en las casas, en la vida. Lo cola trasciende a la violencia. Y El Carolo, mi fiel vecino de la infancia, también trascendió.

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