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Un pollo con corbata o la memoria borracha

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Por Miguel Herrera C.

LAVEGUITADELVINO

No recuerdo la primera vez que pasé por ese rincón del 14 de Vicuña Mackenna. Recuerdo verme sentado en una mesa acompañado de una cerveza, aun eran de litro esas rubias beldades. Me recuerdo solo, sentado en una mesa en la terraza, mirando hacia la calle, observando más bien. Nunca miro lo que está cerca mío, generalmente observo los paisajes completos, los letreros que adornan la escena, los ánimos de los transeúntes, la locomoción que no cesa su deambular de presión sanguínea.

Desde la mesa del pollo corbata escribo estas letras intentando forzar la memoria. La tía que nos daba la bienvenida en la caja, el refrigerador al fondo y la tele enorme que nos relataba los partidos de fútbol. Comenzaba el nuevo milenio y el restaurante adornaba su bohemio trajinar con comensales de la más diversa existencia. Vendedores ambulantes, traficantes de mala muerte y doncellas de fiereza indomable obnubila mi mirada, mi escuchar testigo y mis letras borrachas que aun yacen en algún cuaderno olvidado allá por el fondo de la biblioteca.

Interior Pollo Corbata

Desde que mi memoria tiene registro este local ha estado plantado en medio del ajetreo del centro de la comuna de La Florida. En él compartimos con amistades y amores furtivos, a veces secretos. En sus mesas puso sus codos parte de la amistad que ahora ha desaparecido, a algunos se los llevó la muerte y a otros el amor. Ambas cosas a veces parecen ser lo mismo. Alguna vez supimos de algún asalto que terminó mal porque los dueños del local son cosa seria para defender lo propio, así que si se le ocurre la maldah por esos lados afirmese los chitecos antes de siquiera intentarlo. No tengo registros de su inicio o inauguración, creo que en algún momento el rincon del segundo piso era exclusivo o se nos prohibia la entrada, pero eso es probable que sea un invento de mi memoria que confunde bares, fechas y emociones. No soy asiduo a las efemérides y mucho menos a recordar fechas y nombres. No me gusta que me interrumpan cuando bebo y escribo en soledad y curiosamente recuerdo que la primera vez que recibí un sueldo como junior del aparato educativo me lo gasté todo en las mesas del pollo corbata. Fue una hermosa tarde, en donde me alimente de las manos de la cocina del local y bebí cerveza como en los tiempos de la juventud, esa que no espera responsabilidades ni horarios.

Pollo Corbata, La Florida

Claro, cuando no había donde llegar o cuando había que hablar cosas serias era menester pasar por el pollo corbata, saludar a los comensales y pedirle a la tía unas botellas de esas bien heladitas. Invitar a los amigos de otros lugares era tarea obligada para reconocer el territorio, llevar a la chiquilla a beber mostos espumantes antes de ofrecer el cuerpo desnudo para el goce mutuo. Invitar a los compañeros de trabajo luego de días de soportar la carga pedagógica de los colegios-empresa. Fumar de manera empedernida, porque aunque no lo crean, en el pasado, se podía fumar bajo techo y nadie tosía de molestia ni se quejaba de los hábitos de pirómano que algunos tenemos.

En el pollo corbata fue la última vez que vi al amigo Locura, con sus pantalones blancos y ese garbo satánico de los 80. Lo vi parado a las afueras del bar como esperando a alguien, lo vi de muy cerca pero no quise acercarme, para esos días él ya me había negado su amistad pero yo aun sabía de él por amigos en común que posteriormente la vida me regalaría. Se murió el Locura, pero la cordura no retorno a nuestras cabezas, seguimos deambulando la amistad en ese rincón oscuro en que se transformaba el segundo piso por las noches, allí donde a veces se dejaban ver negociaciones ilegales y cariños escondidos.

Letrero Pollo Corbata

Lo último que recuerdo fue aquella vez en que una señorita me dijo que ya no requería de mi compañía, que estaba molesta con mi forma de ser, que había sido un error, que me dejó con la palabra en la boca y la cuenta impaga mientras se ponía de pie para salir a buscar una micro. Yo la seguí tercamente mientras ella me miraba a los ojos con esa rabia que nunca he podido comprender. Recuerdo su espalda en el momento en que subió a una micro cualquiera, desesperada, como si la vida la viniera persiguiendo. Yo me quedé pasmado sin saber que hacer ni que pensar. Al mismo tiempo, a mi alrededor un automovilista y un motociclista se hacían señas inentendibles, tomaban decisiones erróneas y al mismo tiempo. La escena era dantesca, mientras ella me negaba su presencia con una huida sin un adiós, mientras creía que mi joven y pequeño mundo se venía abajo frente a mis ojos, el conductor de la motocicleta volaba por sobre el techo del automóvil, la moto se incrustaba en el capot del auto y el estruendo parecía una pequeña bomba, la misma que minutos antes la bella muchacha había dejado caer en mi corazón.

La cabeza del motorista azotó el pavimento, tal y como las ideas estallan en mi cabeza. Pensé: esto es demasiado para una sola borrachera. Tomé mi sorpresa mundana de la mano y caminamos juntos hacia el hogar que ahora estaba solitario y abandonado. Nunca supe qué pasó con el motociclista y el chofer del auto, como tampoco nunca mas volvi a ver a aquella muchacha que huyó de mi vida licenciosa.

Bar El pollo corbata

Walker Martinez 232

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