Situada en el corazón del sector oriente de Santiago, el 55% de la falla se encuentra habitada. Esto representa un serio peligro para la ciudadanía, señala la investigación.

La Falla de Ramón, también conocida como San Ramón, es una falla geológica inversa y activa, situada en la sierra de Ramón, 10-12 kilómetros bajo la superficie terrestre, en pleno sector oriente de Santiago.

Con una extensión de más de 25 kms. en sentido norte-sur, está ubicada entre los ríos Mapocho y Maipo, cruzando las comunas de Vitacura, Las Condes, La Reina, Peñalolén, La Florida y Puente Alto. Incluso se cree que se prolongaría a Lo Barnechea y Pirque.

Se estima que más de tres millones de personas serían afectadas ante un sismo en esta falla, siendo Puente Alto la comuna que tendría más daños con un 61,8% de su población, le seguirían Las Condes con 55,4%, Peñalolén (39,6%) y La Florida (34,6%). La devastación incluso podría ser mayor a la ocurrida el 27 de febrero de 2010.

Un estudio, liderado por Gabriel Easton, geólogo y académico de la Universidad de Chile, analizó el impacto que tendría un evento telúrico sobre la falla. La investigación analizó la comuna de Peñalolén, lugar donde se construye un condominio sobre la traza (ubicación) de la falla, situación que tiene alerta a los vecinos del sector.

Los estudios -geológicos, sismológicos y geofísicos- de las últimas dos décadas han evidenciado que esta falla es capaz de generar terremotos de gran magnitud (7,2-7,5), con ruptura en superficie a lo largo de las decenas de kilómetros en donde se ubica en el piedemonte del frente cordillerano.

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“Esto último representa la mayor amenaza: la posibilidad de ruptura o dislocación del suelo, junto a movimientos (aceleraciones) localmente mucho mayores a los que, por ejemplo, produjo el terremoto de 2010 en Santiago”, señala Easton, miembro de Citrid (Programa de Reducción de Riesgo y Desastres).

“Según información que se deduce, y contrariamente a lo indicado en la Declaración de Impacto Ambiental de este condominio, efectivamente parte del proyecto se encuentra directamente sobre una de las trazas (brazos) de la falla, de acuerdo al conocimiento científico que disponemos a la fecha”, indica Easton.

Según indica la Declaración de Impacto Ambiental de este condominio, efectivamente parte del proyecto se encuentra directamente sobre una de las trazas (brazos) de la falla.

Esto hace urgente que incorporen la falla en el Plan Regulador Metropolitano de Santiago PRMS (situación sugerida al Minvu en 2002), y también en la normativa sísmica NCH433, establece la investigación.

El estudio publicado por Easton y su equipo, Jorge Inzulza y Sonia Pérez, entre varios académicos, establece que Santiago, ciudad habitada por cerca de siete millones de personas, donde se encuentra uno de los cordones montañosos más activos del planeta, ha experimentado una expansión urbana sin precedentes en las últimas cuatro décadas.

Inzulza, profesor asociado de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, explica que “tenemos georeferenciada la traza de la Falla San Ramón, a lo largo del recorrido entre el río Mapocho y el río Maipo. Y ahora estamos trabajando con comunidades de Peñalolén, para ver su percepción del riesgo de la falla”.

Pablo Salucci, geógrafo de la Universidad Católica, señala que el hecho de identificar esta falla como un elemento “activo”, es decir una falla que puede producir sus propios terremotos, la transforma en una amenaza.

“Si observamos el proceso de urbanización que se ha llevado cabo en los últimos 40 años años sobre el piedemonte cordillerano, lugar por donde pasa la falla, observamos un peligro, ya que tenemos a población expuesta a esta amenaza», explica Salucci.

Gabriel González, geólogo de la U. Católica del Norte y subdirector del Centro de Investigación para la Gestión Integrada del Riesgo de Desastres (Cigiden), añade que la falla San Ramón es una amenaza para Santiago, “pero no es un peligro inminente”.

«Para poder definir un peligro debemos determinar la probabilidad que el fenómeno ocurra, es decir un terremoto destructivo. En el caso de esta falla, los antecedentes publicados por el equipo liderado por Gabriel Easton, sugieren que se trata de una falla con velocidad de movimiento lento, del orden de 0.4 mm/yr, cuyo último evento geológicamente reconocible ocurrió hace 8 mil años y el anterior hace 17 mil años”, señala González.

Normativa sísmica y Plan Regulador

A partir de un mapeo realizado a través de imágenes satelitales, “estimamos que alrededor de un 55% de la traza (o ubicación en superficie) de esta falla se encontraba urbanizada en el borde oriente de Santiago, entre los ríos Maipo y Mapocho, mientras que un 45% quedaba sin urbanización al año 2017”, señala Easton. Esto implicaría que hay cerca de 1,7 millones de personas viviendo literalmente sobre la falla.

“Hasta 1960 la ciudad de Santiago se planificaba de forma principalmente supeditada al valle central; desde 1979 en adelante esta concepción cambió, se incorporó una visión distinta del uso del suelo que implicó la ampliación del territorio urbanizable hacia el piedemonte cordillerano, con un desarrollo cada vez mayor sobre la falla», añade Easton.

Con respecto a la normativa actual, Salucci se pregunta: “¿Por qué hablamos de peligro? Porque la norma chilena esta pensada en sismos de origen costero y no recoge las características de estos sismos ‘corticales’, es decir, sismos de poca profundidad y que pueden producir importantes aceleraciones sobre el suelo (movimiento)”.

Easton explica que “la falta de regulación específica en este aspecto sin duda ha sido un factor importante, sumado a que el conocimiento de su naturaleza y la demostración de su actividad es muy reciente”.

“Estos datos dan una idea aproximada del período de retorno de un terremoto de magnitud de 7,5 en la falla, y que sería del orden de 9 mil años. Esto llevado al campo de las probabilidades da valores extremadamente bajos de probabilidad anual, menor a 0,01 % para un evento destructivo”, establece el geólogo de la Universidad Católica del Norte.

“Los instrumentos de planificación territorial, como los planes reguladores, no reconocen ni menos integran en su zonificación esta amenaza, lo que complementa la clásica ecuación de riesgo, con la vulnerabilidad sobre la población que genera esta situación. Hoy gracias a la evidencia científica sabemos que la falla esta activa, antes no”, explica Salucci.

El avance en el conocimiento de la Falla San Ramón ha sido en buena medida propiciado por iniciativas desarrolladas junto a organismos del Estado. “Se destaca en ello el estudio ‘Riesgo y modificación PRMS Falla San Ramón’ (2011-2012), desarrollado para el Minvu, gracias a lo cual pudimos demostrar el carácter activo de esta falla a través de un estudio paleosismológico”, señala Easton.

Más recientemente, “el proyecto ‘Monitoreo sísmico y potencial sismogénico de la Falla San Ramón’ (2016-2019), desarrollado gracias a la Subsecretaría del Ministerio del Interior y Seguridad Pública a través de la ONEMI, permitió incrementar notablemente las capacidades de vigilancia sísmica de esta estructura geológica por parte del Centro Sismológico Nacional (CSN)”, añade Easton.

Easton argumenta que “ahora falta que los instrumentos normativos, tanto desde el punto de vista de la planificación territorial, del diseño sísmico, como también de la respuesta ante eventuales emergencias, consideren la posibilidad de un terremoto mayor en el futuro, tal como los que hemos evidenciado a partir del registro geológico y sismológico”.

El documento de 20 páginas señala que existe un escenario de amenaza sísmica. Los resultados muestran que esta urbanización acelerada ha alcanzado un 55% de la traza en superficie de la falla, lo cual no ha sido considerado en las regulaciones.

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González considera que si bien estas inferencias son muy gruesas, “al menos nos permiten de alguna manera poner un margen de conocimiento para la toma de decisiones acotadas al peligro actual”.

Es necesario que el Plan Regulador Metropolitano de Santiago (PRMS), “como también los comunales, consideren la Falla San Ramón puesto que, por una parte, es urgente evitar que se siga construyendo directamente sobre su traza (ubicación en superficie)”, dice Easton.

Salucci señala que “debemos avanzar en los posibles escenarios que puedan darse; que rompa sólo un segmento, dos por separado o toda la falla. Hoy no debiera permitirse que se siguiera densificando la precordillera, y el segmento que no está urbanizado debiera protegerse y convertir esa zona en parque, de manera de disminuir el riesgo y “amortiguar” los impactos de un posible terremoto a causa de la falla”.

En el mismo sentido, sería oportuno que la normativa sísmica (NCH433) se abriera a incorporar ésta y otras fallas corticales, “asumiendo que ocurrirán terremotos en estructuras activas, más que a través de un enfoque fundado en la probabilidad de ocurrencia de los mismos”, finaliza Easton.

El estudio plantea la necesidad de avanzar en los vacíos normativos, a través de la articulación de la amenaza sísmica natural con el medio urbano, como base para la reducción del riesgo de desastres y un desarrollo sostenible que considere además las inequidades de la urbe.

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